miércoles, 1 de octubre de 2014

¿Qué es esa cosa llamada ser humano? ¿qué cree pretender? ¿qué hace creyéndose algo tan imprescindible, que sin él no puede existir nada? ¿qué cosa es esa, que apropiándose de todo, cree poder dar a todo un sentido? ¿qué cosa es esa que se crea misterios a los que después quiere dar respuesta?  ¿quién se cree que es? ¿cómo puede considerarse a sí mismo el centro del universo?

El ser humano sufre un desenfoque; una suerte de enajenación que le hace ser a la vez alguien que se considera fuerte y al mismo tiempo alguien que es lo más débil del mundo. No sobrevive por sí mismo, por eso ¿a qué tanta osadía? ¿a qué tanto boato y circunstancia? Toda demostración de fuerza oculta debilidad. Y la demostración de fuerza del ser humano pretende ser grandiosa: organiza, utiliza, dispone de todo lo que tiene a su alrededor, queriendo demostrar que puede explicar todo, puede dominar todo, puede saber todo. Ocultación, ocultación, ocultación...de la verdad.
El ser humano, cada uno, no es otra cosa que una manifestación de la gran vida. Es una breve chispa que indica la gran luz; es una pequeña gota del gran océano. Es una mera manifestación de la divinidad. Por eso la misión del ser humano no es otra que no estorbar, dejar pasar la luz, ser transparente para que manifieste la gran verdad de la que forma parte.
Para saber lo que somos: calla y escucha.