lunes, 23 de diciembre de 2013

"Un antropólogo propuso un juego a los niños de una tribu africana. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y le dijo a los niños que aquel que llegara primero ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal para que corrieran, todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron juntos a disfrutar del premio. Cuando el antropólogo les preguntó por qué habían corrido así si uno solo podía ganar todas las frutas, los niños  le respondieron: «Ubuntu, ¿Cómo uno de nosotros podría ser feliz si todos los demás podrían estar tristes?"
Hablamos de los demás como "los otros". Aquellos que están fuera y por tanto distintos, ajenos; a los que hay que acercarse o alejarse, dependiendo de si tenemos interés o nos perjudican. Y usamos los conceptos cerca, lejos, o expresiones: "me cae bien", "es un repelente" o "cuanto más lejos mejor".
Las personas más próximas, familia, amigos, pareja, a las que decimos que las queremos y estamos dispuestos a sacrificarnos por ellas y hacerlas la vida más agradable, son personas que nos identifican, que nos dan soporte y que nos interesa hacer algo por ellas, para que así recibamos compensación.
Pero, tanto en un caso como en otro, caemos en la trampa de considerar que la frontera, que marca el cuerpo físico y la mente, nos hace desiguales. Nos comparamos con los otros cuerpos y mentes y nos aferramos a la distinción....y así el ser humano, se convierte en competidor, enemigo o simplemente objeto, al que uso o empleo para mi propio beneficio.
La perspectiva es distinta: no hay distinción. Somos la misma conciencia. Nos iguala lo que somos. Por eso la mejor manera de conocer a los demás es conocerse a uno mismo. Saber quién soy, porque en la percepción de esa realidad somos uno. De esa intuición y de esa experiencia nace la compasión, que no es otra cosa que percibir la verdadera unidad de todo.
La ética, desde este punto de vista, no es un esfuerzo del "deber ser". Es sobre todo la espontaneidad de no hacer nada que perjudique, por la sencilla razón de que me perjudico a mí mismo. Por eso el mal no es un problema moral. Es un problema de ignorancia: de no saber que el daño que se causa es un daño que se inflinge uno a sí mismo.